jueves, 6 de septiembre de 2012

UN EJEMPLO PEQUEÑO, UNA LECCIÓN GRANDE



Es difícil creer que acabo de cumplir un año en Chile trabajando como laica misionera para la Congregación de Santa Cruz.  Los meses se han volado, mientras me he encontrado más y más integrada y comprometida con mi vida y ministerio, acá en Chile.  Las amistades se han profundizado, las responsabilidades se han multiplicado, y como todos que trabajan por la Iglesia, entienden demasiado bien lo que digo; los eventos, proyectos, metas y quehaceres diarios que nunca terminan.  Así es que, entre otras cosas, mi experiencia como OLM de Santa Cruz en Chile ha sido un curso intensivo para entender lo que decía Jesús a sus discípulos en el evangelio de Mateo: “La mies es mucha y pocos los obreros” (Mt 9,37)  La ironía es que, dentro de ese desafío tan grande, también he descubierto esa belleza y ese gozo profundo, que da la motivación para seguir trabajando por la Iglesia, especialmente, junto a ésta familia religiosa, que he conocido en Santa Cruz, aquí en Chile.
Me da un poquito de risa pensar en mis primeros meses en Santiago.  ¡Nunca en mi vida había conocido a tanta gente!  Me acuerdo de mi primer día trabajando en el Colegio Nuestra Señora de Andacollo. Justo me tocó una jornada pastoral de tercero medio.  ¡Pasé el día intentando recordar a un montón de nombres y caras nuevas; participar en dinámicas desconocidas, entender lo que estaba pasando en los varios momentos de la jornada, y no mostrarme totalmente perdida!  Era una sensación de sentir, y a la misma vez, una mezcla de confusión, alegría, vulnerabilidad, curiosidad, nervios, motivación, y agradecimiento.  Es una sensación que me ha tocado vivir varias veces, trabajando en mi primera Fonda en el Colegio, cantando un Salmo en castellano por primera vez frente a toda la gente en la parroquia, descubriendo las mejores maneras de enseñar inglés a alumnos de la básica, participando en el Rosario del Alba durante el mes de María, y lo más impactante de todo, mi primera vez viajando a misiones con los alumnos del Colegio Nuestra Señora de Andacollo. 
Confieso honestamente que la gente que he conocido acá, me ha hecho sentir muy pequeña como laica misionera porque, por lo más que he intentado dar y entregar, he recibido tanto de los que he conocido en la parroquia, en el barrio, en el colegio, en la Congregación, y durante misiones—una hospitalidad y un cariño impresionante, que es característico de la gente chilena.  Me acuerdo de una visita a casa durante misiones cuando conocí a una abuela humilde que me ofreció a comer el único pan que había en su casa.  Ella tuvo los dedos torcidos por cortar leña por tantos años.  Me acuerdo pensando, “¿que puedo decir como “misionera” a esta mujer que ha conocido a gran sacrificio, el trabajo duro, y la entrega total todos los días de su vida. Una mujer que da la bienvenida a extranjeros a su casa, dándoles todo lo que tiene y dando de su propia necesidad. Ella era la viuda pobre del evangelio de Marcos, la que dio las únicas monedas que tuvo, mientras los demás solamente daban de lo que les sobraba. 
Quizás, yo la podría haber dado un oído para escuchar o unas palabras positivas, pero más que nada, estaba llamada a recibir de su vida.  Es un ejemplo pequeño, de una lección grande que he aprendido durante mi tiempo en Chile, que muchas veces nosotros, como discípulos, estamos llamados a reconocer los regalos, los dones, y los talentos de otros, y ayudarles a realizar dichos regalos, teniendo como única entrega, nuestras manos y nuestros corazones abiertos para recibirles.       
Seguramente, ha sido un tiempo de riqueza, y siento que he cambiado y crecido de muchas maneras.  Trabajando por la Congregación en Chile, he aprendido que, está bien dejar que Dios y personas te afecten, te desafíen, te abran los ojos a realidades distintas, y te hagan vivir pequeñas transformaciones.  A veces, cuesta, y me han tocado momentos complicados y dolorosos, en medio de los altibajos de estar lejos de familia, amigos, y mi propia cultura y tierra.  Momentos difíciles que te hacen cuestionar y dudar, y que, al final, se entretejen para formar una gran lección de como confiar en el amor de Dios y el camino que tiene pensado para cada uno de nosotros. Creo que si pudiera sintetizar todo lo aprendido durante este año, diría que la experiencia de trabajar como laica es un gran camino de descubrir como decir “si” a Dios a través de pequeñas acciones todos los días; en las múltiples conversaciones con alumnos, colegas, vecinos, y desconocidos en la calle, en las oportunidades infinitas de ser más paciente y compasiva frente al otro, estar abierta a aceptar responsabilidades que me sacan de la comodidad y seguridad, y en aceptar humillaciones y momentos vergonzosos con una sonrisa.  Ese desafío de decir muchos “si’” chiquititos a Dios, es lo que me han enseñando los alumnos, mis compañeros de casa, mis hermanos de la Congregación de Santa Cruz, y tantas personas que he conocido durante este año en Chile.  Y espero, y confío que, con el conjunto de “si’” chiquititos que decimos todos los días, Dios pueda hacer algo grande y bonito en la misión de Santa Cruz en Chile.

Bridget Mullins
OLM/Chile
Colegio Nuestra Señora de Andacollo      

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